25 AÑOS SON ALGO CENTRO DE LA COOP 3- 5- 2011 2da. parte VICENTE ZITO LEMA

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VICENTE ZITO LEMA PRESENTA CRONICAS DE TRAPO de ALFREDO GRANDE

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Franco Berardi Frágil psicoesfera

Elephant1977 fue para Japón el año de los suicidios juveniles: oficialmente se habla de 784. Pero lo más impactante es que, al final de las vacaciones de verano de ese año, entre septiembre y octubre, se produjo en rápida sucesión toda una serie de suicidios infantiles, para ser exactos, trece, todos ellos niños de primaria. Lo que causó mayor desconcierto no fue tanto la gratuidad, la incomprensibilidad del gesto, como el hecho de que en todos los casos faltaran motivaciones, razones para ello; lo que más llama la atención es el vacío, la incapacidad de los adultos que vivían en contacto con el niño de prever, entender, dar explicaciones de lo que había sucedido.

Como en los manga, un fenómeno de masas que tuvo su aparición justamente en la segunda mitad de los años setenta, y que han sido la lectura principal de varias generaciones de japoneses, el enemigo no es el mal sino la suciedad. Sobre los héroes del comic japonés escribe Alessandro Gomarasca: el clean, al limpiar el mundo de las escorias de lo indefinido, de lo confuso, de lo peludo y polvoriento, prepara lo digital, puliendo superficies sin aspereza. La seducción erótica se desprende progresivamente del contacto sexual, hasta convertirse en pura estimulación estética.

En 1983 un grupo de estudiantes de bachillerato japoneses masacró a un grupo de viejos sin techo en un parque de Yokohama. Interrogados, los chicos no dieron ninguna explicación, salvo que los desvalidos a los que habían matado eran obutsu, cosas sucias, impuras”.

En Japón, como en Europa, como en los EE.UU., 1977 es el año en que se va más allá de la esfera de la modernidad. Continuación y radicalización del 68. Pero también desengaño y abandono de la ilusión dialéctica que el 68 llevaba dentro de sí. En Europa este paso queda marcado en la esfera del pensamiento filosófico por autores como Lyotard, Baudrillard, Virilio, Guattari, Deleuze, y en la esfera de la conciencia política por movimientos de masas como la autonomía creativa italiana o el punk londinense. En Estados Unidos adopta la forma de un movimiento de transformación urbana y musical, que se manifiesta en la no wave musical y artística, en Japón se perfila desde ya sin mediaciones, como una monstruosidad inexplicable que se convierte rápidamente en normalidad cotidiana, en forma prevalente de la existencia colectiva.

Desde 1977 en adelante el hundimiento de la mente occidental ha ido avanzando de forma reptante, subterránea, episódica, pero en los años a caballo del milenio lo hace a ritmo de precipicio, de una catástrofe que ya no se puede atajar. Lo que la conciencia del 77 había percibido como un peligro y una posibilidad implícita en la aceleración del ritmo existencial y productivo, se convierte en una crónica de sucesos diaria. Algunos hechos han marcado ese paso transformándose en virus, portadores de una información que se reproduce, que prolifera, que infecta todo el organismo social. El suceso excepcional de las Torres Gemelas derrumbándose en medio de una nube de polvo, tras el suicidio mortífero de un grupo de diecinueve jóvenes islámicos, es sin duda el más impresionante, el suceso-imagen que ha inaugurado de forma espectacular el nuevo tiempo. Pero en la matanza de Columbine, de algunos años antes, hay un mensaje puede que más inquietante, porque habla de la vida cotidiana, de la normalidad americana, de la normalidad de una humanidad que ha perdido toda relación con lo que fue humano y da palos de ciego en busca de alguna garantía imposible, en busca de algo que sustituya emociones de las que ya no se conoce nada.

Michael Moore ha dedicado a ese hecho un documental apasionante de análisis social (Bowling at Columbine), en el que cuenta lo que se ve a simple vista, la venta de armas y la agresividad que se nutre del miedo. Pero en su película Elephant, Gus Van Sant analiza ese mismo episodio desde otro punto de vista, más profundo, más impalpable y por ello más turbador. ¿Qué ha sucedido y qué está sucediendo en las mentes de la generación que, a caballo del milenio, se está convirtiendo en adulta? ¿Qué significa y a dónde puede llevar su fragilidad psíquica, que se conjuga con un tremendo potencial tecnológico y destructivo? Ultra-potencial tecnológico destructivo y fragilidad psíquica son la mezcla que define a la primera generación videoelectrónica, sobre todo en su versión americana.

En la primera escena de la película el padre borracho lleva a su hijo a la escuela conduciendo un coche que avanza a trompicones. El hijo lo trata como a un minusválido, una piltrafa, como a un fracasado del que hay que ocuparse para evitar que cause líos. El actor que desempeña el papel del padre es Timothy Bottoms, conocido por haber representado a George W Bush, al que se parece muchísimo, con esa misma mirada húmeda de alcohólico sin remedio. ¿Van Sant quiere darnos a entender que los EE.UU. se han subido a un coche cuyo chofer está borracho? ¿Y qué significa Elephant? ¿Una mancha de Rorschach gigante?

Desde un punto de vista científico se infravaloran los efectos del cambio psicocognitivo a los que tiene que hacer frente la primera generación videoelectrónica. La política, por su parte, los ignora o elimina completamente, pero, si queremos entender algo de lo que sucede en la sociedad del nuevo milenio, tenemos que desplazar nuestro punto de observación en esa dirección, hacia la psicoesfera. En la psicoesfera es donde se manifiestan hoy en día los efectos de veinte años de “infovasión”, de sobrecarga nerviosa, de psicofarmacología masiva, de sedantes, de estimulantes, de euforizantes, de “fractalización” del tiempo laboral y existencial, de inseguridad social que se traduce en miedo, soledad, terror. En la Mente global interrelacionada han estado explotando psicobombas de tiempo. Su efecto es previsible.

En los últimos decenios se ha expuesto el organismo a un número creciente de estímulos neuro-movilizadores. La aceleración e intensificación de los estímulos nerviosos en el organismo consciente parecen haber afinado la película cognitiva que podríamos llamar sensibilidad. El organismo consciente ha tenido que acelerar la reactividad cognitiva, gestual, cinética. El tiempo a disposición para elaborar estímulos nerviosos se ha reducido drásticamente. Puede que por ello parezca como si hubiera disminuido la capacidad empática. El intercambio simbólico entre seres humanos se procesa sin empatía, porque ya no es posible percibir el cuerpo del otro. Para poder percibir al otro como cuerpo sensible, hace falta tiempo, es necesario el tiempo de la caricia y del olisqueo. Y el tiempo para la empatía ya no se tiene, porque la infoestimulación se ha vuelto demasiado intensa.

¿Cómo ha podio suceder? ¿Cuál es la causa de estos trastornos de la empatía, cuyos signos son tan evidentes en la vida cotidiana y en los hechos que amplifican los medios de comunicación? ¿Podríamos suponer una relación directa entre la expansión de la Infoesfera, la aceleración de los estímulos, de las estimulaciones nerviosas y de los tiempos de respuesta cognitiva, y el desmenuzarse de la película sensible que permite a los seres humanos entender lo que no se puede verbalizar, reducir a signos codificados?
Reductores de complejidad, como son el dinero, la información, el estereotipo, o como los interfaces de la red digital, han simplificado la relación con el otro, pero cuando el otro parece en carne y hueso no toleramos su presencia, porque crispa nuestra (in)sensibilidad.

La generación videoelectrónica no tolera los pelos de las axilas ni los del pubis. Para que las superficies corporales puedan interconectarse es necesaria una compatibilidad perfecta. Librarse de pelos superfluos. Generación glabra. La conjunción halla sus vías a través de los pelos y de las imperfecciones del intercambio. Es capaz de realizar una lectura analógica, y los cuerpos extraños pueden entenderse aunque no dispongan de un lenguaje de interconexión.

La destrucción de la película sensible interhumana tiene algo que ver con el universo tecnoinformativo, pero también con el disciplinamiento capitalista de la corporeidad. Durante la fase final de la modernización capitalista, la emancipación de la mujer y su incorporación a la producción ha causado un efecto de enrarecimiento del contacto corporal e intelectual con el niño. La madre, en la esfera experiencial de la primera generación videoelectrónica, ha desaparecido, o bien ha reducido su presencia. El efecto combinado de la llamada emancipación de las mujeres (que en realidad ha sido sumisión de las mujeres al circuito de la producción asalariada) con la divulgación del socializador televisivo tiene algo que ver con la catástrofe psicopolítica contemporánea.

Y para la próxima generación se prepara otro desbarajuste. En una gran parte del mundo hay en curso un proceso que podría tener consecuencias significativas para la historia futura del mundo. Millones de mujeres de los países pobres se ven obligadas a abandonar a sus hijos para ir a occidente a cuidar de los hijos de otras madres, que no pueden ocuparse de ellos porque están demasiado ocupadas trabajando. ¿Qué fantasmas de frustración y violencia crecerán en las mentes de los niños abandonados? ¿Y qué fantasmas de omnipotencia frágil en las de los niños occidentales?

Un pueblo de niños hiperarmados ha invadido el escenario mundial. Está destinado a hacerse mucho daño, como ya se hizo en Vietnam, y puede que aún peor. Pero por desgracia también nos hace daño a nosotros. Lo hemos visto en las fotos sacadas en Abu Ghraib y las demás cárceles de la infamia estadounidense.

Gus Van Sant nos cuenta con una ternura glacial los balbuceos neuróticos, los histerismos anoréxicos y la incompetencia relacional de los adolescentes de la generación Columbine (estoy pensando en el diálogo maravillosamente bestial de las tres chicas en el comedor, cuando deciden ir de compras tras haber discutido de forma espeluznante sobre la amistad y sus deberes, y sobre el porcentaje de tiempo que hay que dedicar a los amigos más queridos, cuantificando minuciosamente los porcentajes de afectividad). Nos cuenta y nos muestra espacios de espera brillantes, pasillos luminosos recorridos por débiles mentales. Cuerpos que, al haber perdido el contacto con su propia alma, ya no saben nada cierto sobre su propia corporeidad.

Luego todo sucede, mientras el cielo se mueve rapidísimamente, como siempre en las películas de Gus Van Sant. En la luz suspendida de un día cualquiera de sol rasante, llegan los suicidas portadores de muerte. Todo sucede en el espacio de unos minutos dilatados grabados por las cámaras del circuito cerrado del colegio, y que se pueden volver a ver: adolescentes que se esconden bajo las mesas, que se arrastran por el suelo intentando librarse de las balas.

No hay ninguna tragedia, no hay estrépito, aún no acuden las ambulancias. El cielo inmenso cambia de color. Golpes, secos y espaciados.

No es como la muchedumbre aterrada que hemos visto por Wall Street mientras se derrumbaban las torres, sino una masacre tranquila, periférica, reproducible, replicable, contagiosa.

Cambio conexivo

Elephant habla de una generación emotivamente trastornada e incapaz de conectar el pensamiento con la acción, habla de un cambio cognitivo que se desarrolla en el contexto de una transición en la tecnología de la comunicación: la transición de la conjunción a la conexión. Las formas de conjunción son infinitas, y la conexión es una de ellas.

Pero en el concepto de “conectar” hay implícita una especificación especial: la connexio implica funcionalidad de los materiales que se conectan, modelado funcional que los predispone a la interconexión. Así como la conjunción equivale a convertirse en otra cosa, en la conexión cada elemento sigue siendo distinto, si bien funcionalmente interactivo.

La conjunción es encuentro y fusión de formas redondeadas, irregulares, que se insinúan de manera imprecisa, irrepetible, imperfecta, continua. La conexión es interacción puntual y repetible de funciones algorítmicas, de líneas rectas y de puntos que se solapan perfectamente, se conectan y desconectan, según modalidades discretas de interacción. Modalidades discretas que hacen que las partes distintas entre sí sean compatibles según estándares predeterminados.

La digitalización de los procesos comunicativos produce una especie de insensibilización con respecto a la curva, a los procesos continuos de evolución lenta, y una especie de sensibilización en cuanto al código, a los cambios de estado fulminantes, a las secuencias de signos discretos.

La primera generación videoelectrónica experimenta un cambio, y el futuro social, político y técnico depende de los efectos de ese cambio. Pero en la tradición de las ciencias cognitivas la idea de un cambio no resulta aceptable, porque el fundamento epistemológico de tales ciencias sigue anclado a una premisa de tipo estructuralista. De hecho, el cognitivismo considera la mente humana como un mecanismo que funciona según reglas innatas e inmodificables. En el campo del cognitivismo, el ambiente es objeto de reflexión y de elaboración mental, pero no puede intervenir en las reglas de funcionamiento de la mente. Por consiguiente, la idea de una interacción dinámica entre la actividad mental y el ambiente en la que las mentes entren en comunicación no es admisible. La complejidad técnica de la comunicación no tiene la posibilidad de modificar las modalidades de la cognición, aunque haya excepciones a este planteamiento. Ulric Neisser en Cognition and Reality (1976) habla de ecología cognitiva y reconoce la posibilidad de una interacción dinámica entre el ambiente en el que se forma la mente y las modalidades de su funcionamiento.

Aceleración, lenguaje, identidad

Con el concepto de dispositivo, Foucault define las concatenaciones maquínicas que pueden preparar exteriormente los itinerarios de formación lingüística, psíquica y relacional de los organismos conscientes en la época moderna. Por cableado entendemos la inserción de los dispositivos en el bagaje biológico, genético, cognitivo de los organismos conscientes en la época que se sitúa al final de la modernidad. El proceso de cambio que se está produciendo, del que se derivan las primeras generaciones videoelectrónicas, se puede describir, por lo tanto, como cableado de la subjetividad emergente por parte de automatismos tecnobiológicos y tecnocognitivos.

Pero el cableado del organismo consciente no tiene un carácter determinista, no se puede prever y determinar de manera exacta el efecto cognitivo psíquico y social del cambio en curso.

La aceleración del flujo informativo, la masa de información que recibimos, descodificamos, procesamos, y ante la cual hemos de reaccionar para mantener el ritmo de los intercambios económicos, afectivos, existenciales, produce una crisis de la facultad de verbalización que se manifiesta de varias formas: autismo, dislexia, que está aumentando vertiginosamente en las generaciones más jóvenes, sobre todo en las capas sociales y profesionales más implicadas en las nuevas tecnologías de la comunicación.
La digitalización parece abrir un doble movimiento de reformateado.

El lenguaje verbal se sustituye con formas de comunicación más rápida, más sintética y más ágil en el desarrollo contemporáneo de varias tareas, según el método multitask. Pero la aceleración de los impulsos provoca estrés en el organismo físico y exige un reformateado psicotrópico de la percepción y de la interacción cognitiva, mediante la toma de psicofármacos, o mediante la desactivación pura y simple de la empatía, que ralentiza el ritmo cognitivo, y la atenuación de algunos niveles sensitivos, como son el olfato y la tactilidad, ya redimensionados por la aceleración de la escritura.

En términos generales podemos decir que la expansión de una función cognitiva específica redefine la cognición en su conjunto. La exposición del organismo consciente a la expansión de la videoelectrónica amplía competencias de tipo configuracional, como la capacidad de descodificar conjuntos visuales complejos, de desarrollar simultáneamente procesos de interacción múltiples. Pero, al mismo tiempo, redimensiona otras competencias, como la capacidad de reacción emocional a estímulos que se prolongan en el tiempo, o la capacidad de percibir la profundidad temporal.

Las modalidades de memorización dependen de la posibilidad que tenga la mente para “almacenar” informaciones que hayan causado una impresión profunda, que se hayan presentado durante largo tiempo o de manera repetitiva. La memorización cambia el organismo consciente, define su identidad, ya que la identidad se puede definir como acumulación dinámica de la memoria de los lugares y de las relaciones que definen la continuidad de una experiencia.

Pero ¿qué le sucede a la memoria cuando el flujo de informaciones revienta, se expande enormemente, acosa la percepción, ocupa todo el tiempo mental disponible, acelera la velocidad y reduce el tiempo de exposición de la mente únicamente a la impresión informativa? Lo que sucede es que la memoria del pasado se afina, la masa de informaciones presentes tiende a ocupar todo el espacio de la atención. Cuanto mayor es la densidad de la infoesfera, tanto menor es el tiempo que se dedica a la memorización, cuanto más rápido es el tiempo de exposición de la mente a una información individual, tanto más débil será la huella que tienda a dejar. La actividad mental tiende así a verse aplastada en el presente, se reduce la profundidad de la memoria y, por consiguiente, la percepción del pasado histórico, e incluso la diacronía existencial, tienden a desaparecer.

Y, de ser cierto que la identidad está en gran parte relacionada con lo que se ha sedimentado dinámicamente en la memoria personal (los lugares, las caras, las expectativas, las ilusiones), puede suponerse que se va hacia una des-identificación progresiva, porque los organismos registran más bien un flujo que se desarrolla en el presente, que no deja huellas profundas por la rapidez con que aparece ante el ojo y con que se sedimenta en la memoria.

El engrosamiento de la corteza de la infoesfera, el aumento en cantidad e intensidad del material informativo de entrada produce entonces un efecto de reducción de la esfera de memoria singular. Las cosas que un individuo recuerda (imágenes, etc.) van conformando una memoria impersonal, homologada, asimilada de manera uniforme, escasamente elaborada, porque el tiempo de exposición es tan rápido que no permite una personalización profunda.

El tiempo vivido

El cambio implica aspectos de tipo patológico, que podríamos definir como psicopatologías del cambio y que se refieren sobre todo al procesamiento del tiempo vivido. Eugene Minkovski ha sido el primer psiquiatra que se ha ocupado del tiempo vivido, y ha tenido la intuición de poner el sufrimiento mental en relación con el “tiempo vivido”, es decir, con el modo con que nos asentamos en el tiempo de nuestra vida, o lo atravesamos frenéticamente.

Eugene Minkovski no habla de "tiempo", sino de "tiempo vivido". En la acentuación queda clara la influencia del pensamiento de Bergson, que nos sugiere pensar en el tiempo como "duración", y por consiguiente como proyección de una vivencia existencial.

Una parte fundamental de la psicopatología de nuestro tiempo se puede considerar como una cronopatía. Un trastorno, que está aumentando mucho, afecta sobre todo a los niños y a los chicos muy jóvenes, se trata del trastorno llamado Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), que se manifiesta en forma de hipermotilidad, hiperactivación física, incapacidad para centrar la atención durante más de unos cuantos segundos. En los EE.UU., casi cinco millones de niños toman cada día un potente fármaco psicoestimulante que se llama Ritalin para tratar este tipo de trastorno. El uso de psicoestimulantes para curar el déficit de atención en el niño es discutible, los efectos terapéuticos tampoco se han demostrado y las sustancias como el Ritalin pueden crear adicción y causar daños cerebrales, pero el punto interesante no es ése, lo que aquí me interesa es entender algo acerca de las causas de este tipo de hiperactivación psicofísica.

La velocidad de los infoestímulos produce un efecto de sobreestimulación sobre el organismo y la conciencia, por lo que es legítimo relacionar las patologías de la atención con ese aumento de velocidad de la infoesfera, es decir, del ambiente en el que se forma la mente. Por otra parte, ¿cómo podríamos pensar que la mediatización de la comunicación, ya desde la primera edad infantil, no produzca efectos que involucran la afectividad, la emocionalidad, el lenguaje, la imaginación, e incluso las modalidades de memorización y, en última instancia, la propia percepción del tiempo vivido?

Quienes acceden al proceso laboral en la época de la conexión generalizada son puros procesadores de información. Su cuerpo es un objeto olvidado. La contracción de los términos y la aceleración de los ritmos cerebrales fragilizan la percepción social y erótica del otro. Y el erotismo parece sublimado en el éxtasis místico de la competitividad, de la eficiencia, de la calidad total. ¿Qué efectos psíquicos tendrá este cambio a largo plazo y qué patologías se están manifestando ya?

En The Attention Economy, Harvard, 2001, Davenport y Beck hablan de una saturación del tiempo disponible en los procesos laborales, y por lo tanto de poca atención a lo que se ha de hacer: estas consideraciones no se limitan al ámbito laboral, sino que afectan a toda la sociedad digitalizada: por otro lado, la distinción entre tiempo laboral y tiempo libre es cada vez más impalpable, así como la distinción entre edad laboral y edad prelaboral. El lugar de trabajo se extiende también al ambiente de la comunicación general, del que resulta indisociable, por lo que puede decirse que la población joven en condiciones prelaborales está implicada en procesos similares a los que afectan a la población adulta.

Mientras el ciberespacio (es decir, la dimensión virtual de la interacción infoproductiva entre agentes comunicativos conectados a través de la red electrónica) es infinitamente expandible, el cibertiempo (es decir, el tiempo de procesamiento consciente de señales por parte del cerebro humano) sólo es expandible en la medida en que se puede acelerar el funcionamiento de la mente humana, del cerebro orgánico individual. El ciberespacio se expande con la velocidad infinita de una red que conecta un número infinito de agentes de enunciación según líneas infinitamente complejas y que no se pueden reducir. El cibertiempo, en cambio, no se puede expandir de forma ilimitada porque actúa según los modos y los términos de la materia orgánica. Llamamos cibertiempo a la intensidad de la experiencia mediante la cual el organismo consciente puede procesar los datos que le rodean en el Ciberespacio. De hecho, el cibertiempo es el tiempo mental de la experiencia vivida, es una asimilación lenta de informaciones, es el tiempo necesario para procesar las señales que proceden del ambiente que nos rodea y funciona según modalidades analógicas, imprecisas, ambiguas, sensuales y parciales. La incompatibilidad entre ciberespacio y cibertiempo es una paradoja decisiva en la sociedad actual. El tiempo para examinar las informaciones y procesar una reacción coherente se reduce hasta desaparecer. El tiempo de atención de que se dispone se reduce tanto más cuanto más se expande la masa de informaciones que exigen ser examinadas, procesadas, elegidas.

La divulgación de las tecnologías microelectrónicas y de las formas de comunicación digital ha cambiado la composición tecnológica del mundo, pero las modalidades de apropiación cognitiva y de reactividad psíquica de que disponen la sociedad y los individuos no se adaptan de forma lineal. Los hombres y las mujeres siguen interactuando con el mundo real según modelos interpretativos y modalidades prácticas producidas a lo largo de la historia pasada. Por mucho que el universo de los textos siga expandiéndose inmensamente en la esfera de la información de red, la mente humana continúa leyendo según modelos de tipo secuencial, y por lo tanto grabando, memorizando, catalogando, seleccionado con un ritmo que se ha formado durante la época en que alfabéticamente predominaba el texto impreso. El cambio del ambiente tecnológico e infoesférico es mucho más rápido que el cambio cultural y, sobre todo, que el cambio cognitivo. Para la población joven este paso se realiza más fácilmente en forma de cambio. Pero ¿cuáles son los efectos de la aceleración del ritmo temporal vivido? Más allá de un cierto límite, la aceleración de la experiencia provoca una bajada en la conciencia de los estímulos y una pérdida de intensidad, que afecta a la esfera de la sensibilidad, pero también a la esfera de la ética. El ciberespacio invade la esfera de la sensibilidad hasta estrangularla. La sensibilidad está en el tiempo, y el espacio se ha vuelto demasiado denso para que el tiempo orgánico pueda elaborarlo de manera satisfactoria.

En este cruce entre ciberespacio electrónico y cibertiempo orgánico es donde, en mi opinión, se halla la cuestión fundamental del cambio en curso, un cambio que atraviesa los organismos individuales, los pueblos y todo el planeta. Los jóvenes son naturalmente los que están más expuestos a los efectos de ese cambio, porque el poder invasor del ciberespacio se ha volcado totalmente sobre ellos, y en consecuencia sus potenciales de adaptación cibertemporal (es decir, se su aparato cognitivo, psíquico e psicofísico) están sometidos a una gran presión. El problema fundamental es que los plazos del cambio tecnológico son mucho más rápidos que los del cambio mental, por lo que la expansión del ciberespacio es inconmensurablemente más rápida que la capacidad de expansión y adaptación del cerebro humano, es decir, de lo que podemos definir como el cibertiempo. Podemos aumentar el tiempo de exposición del organismo a las informaciones, pero la experiencia no se puede intensificar más allá de un cierto límite. La aceleración provoca un empobrecimiento de la experiencia, ya que estamos expuestos a una masa creciente de estímulos que no podemos procesar según las modalidades intensivas del goce y del conocimiento. Los ámbitos de la relación y de la conducta, que exigen un tiempo dilatado de atención, como el ámbito de la afectividad, el del erotismo, el de la comprensión profunda, resultan trastocados, sometidos a una contracción. En esas condiciones de aceleración y de sobrecarga informativa, el automatismo tiende a convertirse en la forma prevalente de reacción a los estímulos, por cuanto las reacciones de tipo automático son las que no exigen una reflexión, un procesamiento consciente y emocional. Son reacciones estándar, implícitas en la cadena de acciones y de reacciones predispuestas por la Infoesfera uniformada.

Cibertiempo, erotismo, insensibilización

No hay duda de que la digitalización del ambiente comunicativo y del propio ambiente perceptivo actúa sobre la sensibilidad de los organismos humanos. Pero ¿cómo estudiar este tema? ¿Qué instrumentos de análisis, qué criterios de valoración nos permiten hablar de sensibilidad, de gusto, de goce y de sufrimiento, de erotismo y sensualidad? El único instrumento que tenemos somos nosotros mismos, nuestras antenas, nuestro cuerpo, nuestra reactividad psíquica y erótica. Por otro lado, el filtro del observador puede actuar de una manera deformante. Sin embargo, el sentimiento de enrarecimiento del contacto, el enfriamiento y la contracción están en el centro de las patologías contemporáneas, especialmente evidentes en la población joven. La esfera del erotismo está especialmente afectada.

Tras el final de las vanguardias y su infiltración en el circuito de la comunicación social, la estimulación estética, en las formas de publicidad, en la televisión, en el diseño, en el packaging, en el diseño de páginas web etc., se ha vuelto cada vez más difusa, invasiva, insistente, indisociable de la estimulación informativa, de la que se ha convertido en complemento. El organismo consciente-perceptor está envuelto en un flujo de signos que no son sólo portadores de información, sino que también son factores de estimulación perceptiva, de excitación. Según Perniola la historia de la estética se ha basado – hasta hoy, hasta ayer – en la centralidad conceptual y sensible de la catarsis. En otros tiempos, la obra de arte creaba una ola de implicación, de excitación, que alcanzaba un clímax, una conmoción catártica asimilable a la descarga orgásmica. La belleza, tanto en la concepción clásica como en la romántica y moderna, era identificable con el momento de un logro, de una superación de la tensión implícita en la relación entre organismo perceptor y mundo: catarsis, armonía, sublime desapego. Alcanzar la armonía es un evento asimilable a la descarga orgásmica que sigue a la excitación del contacto entre cuerpos. La tensión muscular se relaja en la plenitud del placer. En la percepción feliz de nuestro propio cuerpo y del ambiente que nos rodea está en juego una cuestión esencial, de ritmo, de tiempo, de temporalidades vividas. Y, si en el círculo de la excitación incorporamos un elemento inorgánico como la electrónica, y llevamos a cabo una aceleración de los estímulos y una contracción del tiempo de reacción psicofísica, algo acaba por cambiar en el organismo y en sus formas de reacción erótica. El orgasmo se sustituye por una serie de excitaciones sin descarga. La excitación ya no es preludio de ningún cumplimiento. La excitación inconclusa toma el lugar de la descarga orgásmica. Es un poco el sentimiento que nos sugieren el arte digital, la frialdad del videoarte, la ciclicidad inconclusa de la obra de Tinguely, o de la música de Philip Glass. No sólo la estética parece verse involucrada en esta aceleración inorgánica de la relación entre los cuerpos, sino también el erotismo. La instalación de vídeo The Wind, de Eija Liisa Ahtila, proyectada sobre tres pantallas en las que se desarrollan escenas de destrucción, tentativas de contacto con el cuerpo del otro, crisis de soledad devastadoras, es la investigación más directa que yo conozco sobre una forma de psicopatía que tiende a convertirse en epidémica.

A lo largo de los circuitos de la comunicación social el objeto erótico se multiplica hasta volverse omnipresente. Pero la excitación no preludia ninguna conclusión, y multiplica el deseo hasta hacerlo añicos. El hecho de que el ciberespacio sea ilimitado le otorga a la experiencia un carácter de incapacidad de realización, de conclusión. La agresividad y el agotamiento suceden a esta apertura ilimitada de los circuitos de la excitación. ¿No hallamos quizás aquí una explicación de la ansiedad erótica que lleva a la deserotización, a esa mezcla de hipersexualidad y de asexualidad que caracteriza la vida posturbana? La ciudad era el lugar en el que el cuerpo humano se encontraba con el cuerpo humano, con la mirada, con el contacto, con la emoción lenta y el placer. En la dimensión posturbana del sprawl ciberespacial, el contacto parece volverse imposible, sustituido por formas precipitadas de experiencia que se solapan con la mercantilización o la violencia. La emoción lenta es rara e improbable; y la propia lentitud de la emoción se transforma poco a poco en una mercancía, en una condición artificial que se trueca por dinero. El tiempo es escaso, el tiempo se cambia por dinero. El tiempo, dimensión indispensable del placer, está cortado en fragmentos que ya no son disfrutables. Al placer le sustituye la excitación sin descarga.

En la fenomenología cultural tardomoderna el cambio del que estamos hablando se puede relacionar con el paso que se produce entre los años sesenta-setenta, y los años ochenta-noventa. Los años de la cultura hippy estaban centrados en torno a un proyecto de erotización de lo social, de contacto universal entre los cuerpos. En el paso que va acompañado por la introducción de las tecnologías de comunicación electrónica en el circuito social, se produce el fenómeno punk. El punk grita desesperadamente contra el enrarecimiento del contacto, contra el desierto posturbano, y reacciona con una especie de autolesionismo histérico. El paso a la dimensión postmoderna e hipertecnológica lo registró la new wave de los primeros años ochenta, que en sus experiencias más radicales se definía como no wave. No había ola que significara inmovilidad o fluir constante y no ondoso; al contrario, quería decir fragmentación infinita de la ola, quiere decir nano-wave, agitación infinitesimal de la musculatura, microexcitación subliminal incontrolable. Nervous breakdown. Entre los años setenta y ochenta, la irrupción de la heroína en la experiencia existencial de la transición posturbana formó parte del proceso de adaptación a una condición de excitación sin descarga. La heroína concede el de-branchement, la desconexión del circuito de la sobreexcitación ininterrumpida, un especie de mitigación de la tensión. El organismo colectivo de la sociedad occidental buscó una ralentización en el consumo masivo de heroína, o bien, de forma complementaria, buscó mantener el ritmo en la cocaína. Se estaba cumpliendo el paso de velocidad infoesférica que hizo posible someter el tiempo humano al régimen de explotación absoluta e ininterrumpida de la red neurotelemática, la flexibilización laboral.

Luego llegó el SIDA. Es inútil insistir en el efecto de catástrofe emocional que ha tenido y seguirá teniendo el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, acumulándose en la psique colectiva, produciendo sensibilización negativa, miedo al contacto. Es difícil valorar plenamente los efectos que ha tenido el miedo al contagio en las formas de vida cotidiana, pero el shock cultural que ha producido esta epidemia se ha sedimentado en la percepción, en el deseo de las generaciones que crecen con la conciencia de un peligro ínsito en el contacto físico y en el erotismo. Los efectos profundos del SIDA aún no son mensurables: el SIDA, que se propagó a mediados de los años ochenta, afectó psíquicamente a una generación que ya se había formado, modificando sus horizontes existenciales y sus comportamientos culturales, sin poder actuar en la profundidad de las expectativas, en el imaginario deseante. En las generaciones que se ha ido formando posteriormente, en cambio, el SIDA aparece como un elemento dado, adquirido, como una presencia mortífera que connota la corporeidad, la sexualidad, el contacto como peligro y sugiere sustituir el contacto carnal por la infoestimulación.

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